El precursor del Blackjack es un juego de origen desconocido denominado “La Veintiuna” del que tenemos la primera referencia escrita en la obra de Miguel de Cervantes “Rinconete y Cortadillo”.

En dicha novela, se presenta a dos maleantes que se ganan la vida jugando a la veintiuna. El texto describe también que el objetivo del juego es sumar 21 puntos sin pasarse y que el as vale uno u once puntos, al igual que en el blackjack. No obstante, existen muchas variedades de Blackjack, como el blackjack multihand o el blackjack surrender.

El nombre de “Blackjack” data del siglo XX y se puso en los EE. UU. Tras la Revolución Francesa, los inmigrantes trasladaron el juego a América pero no tuvo mucha aceptación hasta que los casinos añadieron un bonus, el cual se pagaba 10 a 1, si se conseguía el 21 con un As de picas y una jota negra . Como esta última se llamaba “Black Jack” se le llamó así al juego.

El blackjack no es un juego exclusivamente de azar y en los Estados Unidos ha sido muy estudiado, siendo el pionero Edward O. Thorp. Este matemático simuló en un ordenador millones de manos jugadas, llegando a la conclusión de que cada mano tiene una forma única de jugarse correctamente y al conjunto de estas normas se le llama estrategia básica. Thorp también llegó a la conclusión de que las cartas altas favorecen al jugador, ya que son la base para conseguir una buena jugada al doblar o para hacer un blackjack, mientras que las cartas pequeñas favorecen al crupier, porque le permiten hacer buenas manos comprometidas.

Los naipes usados en los juegos de cartas son un objeto de estudio realmente complicado de abarcar.

Su forma de uso provoca un gran desgaste de las barajas y los materiales utilizados para manufacturar los naipes eran muy frágiles, por lo que dejan muy poco rastro para los historiadores.

Las muestras más antiguas que se conocen en Europa datan del siglo XIII, pero muchas teorías apuntan a un origen asiático. Los parámetros más básicos de todo juego de cartas, los palos, es probable que surgieran en China alrededor del siglo X.

La llegada de los naipes a Europa se atribuye a mercaderes y colectivos trashumantes. En España, la vía de entrada fueron los reinos musulmanes del Norte de África, que llevaban varios siglos de ocupación en la Península.

De ahí la diferencia entre la baraja española, con motivos evolucionados a partir de los árabes -oros, copas, espadas y bastos-, y la francesa -con sus picas, tréboles, diamantes y corazones-.

Sin duda, el fabricante de barajas españolas más universalmente conocido es Heraclio Fournier.

Este burgalés fue heredero de una amplia tradición de maestros en litografía. Sus antepasados franceses fueron artífices de avances tan señalados como la unificación de las medidas de fundición de tipos.

Los aires revolucionaros que se vivián en Francia en el último cuarto del siglo XVIII provocaron el autoexilio de François Fournier, que se afincó en España, más concretamente en la ciudad de Burgos.

Heraclio, nacido en 1849, era nieto de este impresor galo. Su padre, Lázaro Fournier heredó el oficio y el se lo inculco a sus hijos. Heraclio tenía tres hermanos, y juntos se trasladaron a París para ponerse al día en las últimas técnicas litográficas y para comprar maquinaria, con la que dotaron la fábrica familiar bajo la sociedad “Fournier Hermanos”.

Dos de los cuatro hermanos Fournier se trasladaron a Valladolid para ampliar el negocio. Por aquella época, la reina Isabel II les otorgó el reconocimiento de “litógrafos oficiales de la Casa Real”.

Con solo 19 años de edad, el joven Heraclio acepta el encargo de expandir la empresa y abrir una nueva fabrica en Vitoria, la capital alavesa. Es en este local histórico donde Heraclio, con su máquina Minerva, imprime su primera baraja española.

En 1877, Heraclio les encargó al profesor de la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria, Emilio Soubrier, y al pintor vitoriano Díaz de Olano, un diseño de ambiente medieval al que bautizó como baraja nº 1.

Esa baraja fue la que ganó la medalla de bronce en la Exposición Universal de París de 1889. Este reconocimiento internacional fue el último empujón que necesitaba la marca para asentarse en el mercado nacional. Ese mismo año, el pintor Augusto Rius diseña la última evolución de la baraja nº 1, el mismo imaginario que siguen imprimiendo a día de hoy en la factoría alavesa.

Heraclio Fournier falleció en 1916. En aquella época, a falta de hijos varones, la fábrica pasó a manos de su nieto Félix Alfaro. Bajo su dirección, los naipes Fournier se convirtieron en el líder absoluto a nivel nacional.

Todos los casinos y casas de juego del territorio nacional usaban sus barajas, que también muchos recordarán que se convirtieron en un reclamo comercial de primer orden. Todas las familias españolas, sin excepción, han dedicado alguna tarde lluviosa a jugar con los naipes Fournier con el dorso estampado con alguna marca de bebida o el logotipo de un banco.

La crisis del petróleo de los años setenta coincidió con una fuerte inversión para renovar la maquinaria de la fábrica, y la empresa sufrió un quebranto económico del que no acabó del todo de remontar hasta su venta en 1986 a un consorcio recién creado para agrupar a los principales fabricantes de Estados Unidos, The United States Playing Card Company. Esta multinacional aportó fondos para trasladar la fabricación a un nuevo recinto.

El consorcio Newells Brand adquirió el conjunto de empresas en 2016, cuando estas producían en conjunto el 35% de los naipes del mundo.
El plan de negocio de Newell Brands no acabó de asentarse, o desde el principio utilizó los activos para especular. En 2019 apareció comprador, la empresa belga Cartamundi, que es la actual gestora de la fábrica de Fournier.

En 2020, la marca Heraclio Fournier cumple 150 años. Sigue manteniendo un prestigio internacional intachable, que le granjea la confianza de empresas y eventos tales como el circuito European Poker Tour de torneos de poker, que le otorgó el estatus de proveedor oficial el pasado 25 de febrero.

(Imágenes de Brandstocker y nhfournier.es)

La superstición siempre ha ido unida al juego. Todos, incluso los más incrédulos, hemos adquirido reflejos condicionados relacionados con la superstición. ¿Soplas antes de tirar los dados?¿Eliges combinaciones de números en función de fechas como tu cumpleaños o los de tus familiares?¿Levantas siempre los naipes de una determinada forma?

Pues hay jugadores que creen firmemente en la superstición. Y llevan sus costumbres a cotas insospechadas.

La superstición está mucho más arraigada en la cultura asiática que en la europea. Los casinos del Lejano Oriente tienen en cuenta estas manías hasta en su construcción. Seguro que te llama la atención alguna de estos comportamientos arraigados entre la comunidad de jugadores de aquellos lares.

La numerología

No te hagas el sorprendido. En un país en el que el martes y trece está considerado un día maldito no deberíamos ser muy duros al juzgar a los demás.
En China, el lenguaje tiene mucha relación con la numerología. El número de la mala suerte en los casinos asiáticos es el 4. Se debe a que en el idioma mandarín tradicional, la pronunciación del número “cuatro” es muy similar al de la palabra “muerte”.

En muchos edificios chinos no exista la cuarta planta, costumbre que han importado varios resorts de Las Vegas. El Rio o el Encore, por ejemplo, no tiene ni cuarta planta ni tampoco de la 40 a la 49. En los festivales que constan de varios eventos, no existe el evento nº 4.

Los números de la buena suerte son el 8 (que suena como la palabra “próspero” en chino), y en menor medida el 6 (“rentable”). En los casinos de Macau, te será complicado encontrar habitaciones que contengan estos números en combinación.

Sabes que en las ofertas de las tiendas, en Occidente se usa la táctica de poner precios acabados en 9 para evitar un redondeo que parezca mucho más caro. En Asia, adoptaron la misma estrategia, pero los precios no redondeados acaban siempre en 8, aunque se pierdan ingresos por el camino.

En 2003, Sichuan Airlanes pagó mas de 280.000$ por el número de teléfono +86 28 8888 8888

El Feng Shui

Esta filosofía trata sobre la manipulación de las energías prevalentes en un recinto mediante el orden de los elementos de decoración y mobiliario que alberga.

Hay normas básicas que cualquier casino asiático contempla, como evitar en lo posible la colocación de espejos. En el Feng Shui, da mala suerte que un espejo refleje a otro espejo, pues dos fuerzas del mismo poder y opuestas provocan situaciones negativas.

Una relación especial entre objetos decorativos y lenguaje es que en los principales dialectos chinos la palabra “libro” suena demasiado parecida a “perder”, por lo que son

adornos prohibidos en los casinos asiáticos.

También con

sideran propicias las mesas desde las que se puede divisar una puerta o las que están situadas en el punto cardinal del oeste en un salón de juego.

La superstición más directamente relacionada al Feng Shui es la de evitar las entradas principales, que se supone que están malditas. Los jugadores asiáticos, siempre que p

ueden, entran por entradas adyacentes.

Se ha relatado en cientos de blogs la conocida anécdota sobre la entrada del MGM Grand de Las Vegas. Además de no haber entrada secundaria, los jugadores estaban obligados a acceder al casino bajo las fauces de un león, otra superstición que agravaba muchísimo la situación. El casino tuvo que rediseñar su entrada, pues los turistas llegados del Lejano Oriente evitaban el MGM Grand.

El asiento y el contacto físico

Los jugadores asiáticos también están atentos a su entorno más cercano y a la interacción con otros jugadores.

Si ves a algún jugador de origen asiático dejar en su puesto un sobre de azúcar, se debe a la creencia de que las mesas de juego son los sitios favoritos de los fantasmas de los niños, a los que buscan aplacar con un dulce.

Siempre procuran ignorar sus beneficios o sus pérdidas en las mesas, pues creen que la preocupación por contar el dinero empeora sus posibilidades de éxito. Como otras tantas supersticiones, tienen una cierta base lógica, pues una persona puede ver afectado su juicio en la mesa por el miedo a proteger un beneficio o la urgencia para enjugar una pérdida.

El contacto físico también está reglado, por así decirlo. En Asia se considera que alguien puede pasar su mala suerte a otra persona si le toca en el hombro. Por eso está considerado como un acto de muy mala educación en las mesas.

Otra forma de manipular la suerte es lavarse las manos. No es infrecuente que un jugador asiático abandone momentáneamente la mesa después de una mala carta o una mala tirada para dirigirse inmediatamente al baño. En cambio, evitarán hacerlo si la cosa va viento en popa.

También importa el color en el atuendo y la decoración. El rojo es el color de la buena suerte, y por eso predomina en los locales de hostelería y ocio regentados por asiáticos o dirigidos a ese público. Si ves a un jugador chino sin nada rojo a la vista, lo más probable es que su ropa interior sea de ese color, como la tuya para recibir al Año Nuevo.

Seguro que nos dejamos muchas más, pero estas son las más comunes. Nosotros no creemos en supersticiones, pero ¿qué daño puede hacer sentarse con vistas a un puerta? No vaya a ser…

El Genting Group es, hoy en día, un conglomerado multinacional que abarca negocios hoteleros, agrícolas, inmobiliarios, energéticos y de biotecnología.

Los aficionados a los juegos de casino lo conocen especialmente por su importante presencia en el Reino Unido, donde gestiona más de 40 locales de juego, o por sus recién estrenados casinos de Las Vegas, New York o Bahamas.

El germen de este emporio reposa en la cumbre del monte Gunung Ulu Kali, a 1.800 metros sobre el nivel del mar. El Resorts World Genting, primero de su nombre -ahora todos los proyectos hoteleros de la empresa se llaman Resorts World-, contiene el mayor hotel del mundo y, además, uno de los casinos situados a mayor altitud del planeta.

El origen de la corporación es malayo. Su fundador, Tan Sri Lim Goh Tong, nació en China, en 1918. Se crió en un pueblo de la provincia de Fujian. Con 19 años emigró a Malasia y entró a trabajar en la carpintería de su tío. Allí adquirió un par de años de experiencia en construcción y finalizó su primer proyecto, una escuela. Su idea era regresar a China, pero la Segunda Guerra Mundial echó por tierra su plan.

Vivió la ocupación japonesa, que le obligó a buscar trabajo como granjero, pero pronto pasó a comerciar con chatarra y maquinaria usada. Tras la liberación, la demanda de maquinaria de construcción creció desproporcionadamente, y Lim pudo adquirir el capital necesario para financiar una empresa constructora que se especializó en obra pública, como sistemas de riego, presas y otros desarrollos energéticos.

Una reunión de trabajo, relacionada con la construcción de una planta hidroeléctrica, le llevó a visitar un hotel en las montañas. Era 1963 y la economía de Malasia estaba creciendo a buen ritmo. Lim tuvo la impresión de que podría haber mucha demanda local para un destino de montaña, pero no existía nada similar cerca de la capital, Kuala Lumpur. Lo iba a construir él.

La autobiografía de Lim Goh Tong detalla la epopeya en que se convirtió el proyecto. Acompañado por varios ingenieros, se adentró en la selva que rodea la capital para encontrar el lugar adecuado para construir.

“Avanzamos a duras penas a través de densas junglas, subimos muchas montañas empinadas y cruzamos numerosos arroyos antes de alcanzar la cumbre del Ulu Kali. Pero allí me enamoré de pies a cabeza de esta naturaleza salvaje y virgen, y juré transformarlo en mi resort soñado”.

Lim creó la compañía Genting y dejó que absorbiera todo su tiempo y recursos, incluidas las reservas financieras de su negocio original. Todo se empleó en adquirir 14.000 acres de tierra y en acometer la hercúlea tarea de construir una carretera de acceso entre la ciudad y la cima del Ulu Kali. Costó cuatro años terminarla.

Los responsables del gobierno malayo fueron invitados a poner la primera piedra del primer hotel del resort en 1969, señal de que se daba por completada la carretera. Asombrados por el arrojo de Genting, viendo los 50 kilómetros de carretera que trazó en medio de la más espesas de las junglas y para la que no reclamó ningún tipo de ayuda pública, decidieron que merecía un premio que le ayudara a acelerar la financiación del proyecto.

El acicate que le ofrecieron a Lim fue una licencia de juego, abriendo así las puertas de la industria del juego al señor Goh Tong e iniciando la dinastía de casinos de la marca.

El Resorts World Genting es la joya de la corona de la empresa. Tras muchas expansiones, cuenta ahora con siete complejos hoteleros esparcidos por la montaña y el valle. El First World Hotel, reconocible en la fotografía por la atrevida y colorida pintura de su fachada, se convirtió en 2006 en el mayor hotel del mundo, acabando con la década y media de reinado del MGM Grand de Las Vegas.

Sheldon Adelson superó el número de habitaciones del First World en 2008 en su Venetian del Strip, pero Genting construyó una tercera torre y recuperó la primera plaza en tan peculiar lista. Aún la mantiene, desde 2008.

Sus dos casinos, el Genting y el SkyCasino, son sin duda los casinos concebidos a mayor diferencia de altura de su entorno. No son los más altos del mundo porque esa distinción le corresponde al Millwood Casino de Colorado, a 2.923 metros sobre el nivel del mar, pero es que el promedio del estado supera los 2.000. Kuala Lumpur apenas se eleva sobre la cercana costa, unos 60 metros.

No dejan de ser curiosidades que no hacen sino agrandar la leyenda de un destino turístico que resultó ser los cimientos de uno de los gigantes planetarios de la industria del juego.

Japón siempre ha cautivado la imaginación occidental por su extraña mezcla entre conservadurismo y vanguardia tecnológica. Un país que mira al futuro obsesionado por honrar sus raíces culturales.

La industria del juego vive la misma dualidad.

En el país del Sol Naciente el juego está prohibido. No obstante, hay ciertas actividades permitidas por razón de arraigo cultural que se parecen mucho al juego. Muchísimo. Excepciones a las normas.

Una de ellas son los “deportes públicos”, carreras de caballos, bicicletas, lanchas rápidas o motos que tienen lugar en circuitos cerrados y en los que se admite apostar por el resultado. Otra son diferentes loterías oficiales destinadas a recaudar dinero para fines caritativos o para fundar proyectos municipales. La última es el pachinko, uno de los pasatiempos nacionales.

Las máquinas de pachinko se alinean en recintos especiales del mismo modo que la sección de slots de un casino. Normal, pues el pachinko es un juego que se puede definir como un híbrido entre una máquina de pinball y una tragaperras.

La mecánica del juego es simple. Es un panel vertical en el que la gravedad juega un papel primordial. El jugador debe adquirir unas bolas de metal, semejantes a pequeñas canicas, que caen desde lo alto. El panel está repleto de pivotes y zonas de rebote, que aseguran una distribución aleatoria de las bolas.

En la máquina están distribuidos varios agujeros, con diferente valor. Si una de las bolas se cuela por uno de esos agujeros antes de llegar al fondo de la máquina, el pachinko paga un premio, que siempre consiste en la entrega de más bolas.

Su origen se sitúa en los años 20, donde fue concebido como un juego infantil. Está inspirado en un juego parecido a un billar en miniatura llamado bagatela, ideado en el siglo XIX. El jugador tenía que empujar una bola entre diferentes diseños de pivotes sin tocarlos con el objetivo final de colar las bolas en agujeros de diferente puntuación.

La marca Corinthian vendió su diseño particular de bagatela en grandes cantidades en el primer cuarto del siglo XX. El método de impulso ya no era un taco, silo un gatillo, como el del pinball. El objeto de los pivotes, ahora fijos a la tabla, era desviar la trayectoria de las bolas, y lo que determinaba la puntuación era el azar y no tanto la habilidad del jugador. Este diseño se considera también el origen del pinball.

La bagatela Corinthian fue importada por primera vez en Japón en 1924. Se extendió su uso como reclamo en las tiendas de dulces para niños, que las utilizaban para añadir un componente de juego y azar a la compra de caramelos. La moda arrasó en el país, y el juego de los caramelos adquirió un nombre propio, “Pachi-Pachi”, evocativo del ruido que hacían las bolas al correr por la máquina.
Esta fiebre por el “Pachi-Pachi” permitió una rápida evolución de copias y diseños locales. Se desarrollaron sistemas mecánicos para aumentar la carga y el disparo de las bolas y poco a poco fue ganando inclinación, hasta adquirir su forma vertical y su nombre definitivo de pachinko con el fin de la década.

En los años 30, el pachinko empezó a adquirir un carácter más adulto, por las facilidades que ofrecía para convertirse en un juego de apuestas, como habían descubierto los dueños de las tiendas de chuches.

A pesar de que el juego está prohibido en Japón merced a una ley de 1907, la prefectura de Aichi otorgó la primera licencia para un salón de pachinko, que abrió en Nagoya. Sus máquinas se diseñaron de modo que que entregaran una plaquita de metal cada vez que una bola entraba por un agujero, como método para llevar la cuenta.

Estas máquinas originales fueron desarrollándose, añadieron nuevos tipos de obstáculos para las bolas, se desarrollaron mecanismos para entregar múltiples bolas por premio y, finalmente, en los años 80, entraron en la era digital de la mano de los videojuegos.

Los dueños de los salones de pachinko canjeaban las bolas por dinero al terminar la visita de los jugadores. Era por todos conocido, pero se hacía la vista gorda. La presión social obligó a refinar el método. Ahora, las bolas ganadas se intercambian o bien por premios, o bien por tickets o pequeños tokens. Al salir del salón de pachinko, suele haber un pequeño quiosco en el que un ávido coleccionista compra esos tokens. El comprador suele tener siempre una estrecha relación con el dueño del salón de pachinko. ¡Casualidades de la vida!

El negocio que mueve en Japón este juego es enorme. A finales de siglo XX se estimaba que era equivalente a los ingresos por el juego de Las Vegas, Macau y Singapur, todas juntas.

La gran incógnita a la que se enfrenta el pachinko es en que grado y en qué forma le puede afectar la inminente apertura del país a la industria del juego.
Los Juegos Olímpicos de Tokio y la Expo de Osaka de 2025 ha impulsado la expedición de tres licencias de casino en Japón. Quizá acaben por retocar también la regulación del resto de juegos permitidos hasta ahora.

El empresario más influyente de los medios de comunicación es australiano.

Con 20 años, Rupert Murdoch se tuvo que poner al frente del holding News Limited, un emporio periodístico levantado por su padre, Sir Keith Murdoch.

En sus primeros años, hizo crecer su cartera empresarial a nivel local, en Australia y Nueva Zelanda. Luego empezó a comprar cabeceras en el Reino Unido y se metió en el negocio de la televisión. Miles de juicios, polémicas y maniobras políticas después, se le considera el ideólogo de la corriente política que se impone hoy día en el planeta.

Es curioso, pero el mayor competidor, y muchas veces aliado, que Murdoch ha tenido en su dilatada carrera fue otro heredero australiano del sector de los medios de comunicación.

Kerry Packer y Rupert Murdoch chocaron mucho en sus primeros años al frente del imperio familiar. También colaboraron para forzar al gobierno australiano a legislar según sus intereses. Sin embargo, Packer nunca tuvo interés en internacionalizar sus actividades de forma masiva. Por eso ahora todo el mundo ha oído hablar de uno y casi nadie sabe quién es el otro.

Estas vidas aparentemente paralelas fueron, en realidad, completamente divergentes en su infancia.
Murdoch fue educado para convertirse en lo que es hoy en día. Fue enviado a estudiar a Oxford y compró un periódico por su cuenta en cuanto cumplió la mayoría de edad, sabiendo ya que el sillón de su padre le estaba reservado a él.

La infancia de Packer, por contra, estuvo marcada por una poliomielitis que no le causó secuelas permanentes. Peor aún, su pobre rendimiento escolar desenmascaró una dislexia que casi le descartaba para ocupar un papel relevante en la compañía de su padre.

La responsabilidad de cuidar la herencia familiar le cayó de rebote. El designado para el relevo en la presidencia del holding era su hermano mayor Clyde, pero un grave enfrentamiento entre padre e hijo borró a Clyde del testamento dos años antes de la muerte de Sir Keith.

Su llegada al cargo coincidió con las primeras aventuras empresariales de Murdoch en el Reino Unido. Packer se libró así de la incómoda atención de su implacable competidor. Tuvo vía libre para recuperar terreno en su país, a la vez que diversificó sus inversiones financieras en otros sectores más accesibles.

La aparente falta de ambición internacional de Packer y su confianza en sus colaboradores le daba mucho tiempo libre. Hubo dos aficiones en particular que se convirtieron en pasiones irrefrenables para el cada vez más adinerado Packer: los casinos y el polo.

No parecía hombre que supiera elegir bien sus enemigos. Llegó al polo por recomendación médica, pues varias cirugías asociadas a un cáncer redujo notablemente sus opciones para practicar deporte. Abrazó este hobby con tal pasión que montó sus propias caballerizas y se puso como objetivo comprar los mejores caballos del mundo y contratar a los mejores jugadores para su equipo.

Justo lo mismo que se había propuesto el sultán de Brunei, otro gambler irredento. Entre los dos, convirtieron el polo en uno de las disciplinas mejor pagadas del mundo.

Su modus operandi en los casinos era igual de intenso. Ávido jugador de ruleta, se situaba estratégicamente para jugar en cuatro mesas a la vez.

Se le atribuye la peor racha de pérdidas registrada por un cliente de un casino británico. Durante tres semanas de visita en Londres, se le atribuye un gasto en las mesas de 28 millones de dólares, buena parte de los cuales acabaron en las arcas del Crockford’s.

En el otro extremo, una de sus mayores satisfacciones fue saltar la banca del Casino de Montecarlo, donde forzó a la dirección a admitir que no podía cubrir sus apuestas. También se le atribuyen algunas de las mejores sesiones de blackjack jamás registradas. En la Navidad de 1996, provocó un agujero tal en las cuentas del casino Hilton que hubo que incluir su nombre en el informe de cuentas a los socios como máximo responsable de unas pérdidas que en conjunto sumaban 22 millones de dólares.

Los niveles que solicitaba para sus partidas eran estratosféricos y tenía la costumbre de reservar las mesas de blackjack para su uso personal con la simple táctica de acudir a jugar con un séquito de amigos y empleados a los que sentaba en cada puesto de la mesa. Pero él jugaba todas las manos.

Calentador de silla no parece un plan muy divertido para una noche en Las Vegas. Sin embargo, había un interesante giro de guión. Al acabar la partida, no era raro que Packer dejara las fichas en su sitio para que las cobraran sus acompañantes.

Sus propinas le convirtieron en una leyenda en Londres, Las Vegas y Los Ángeles, sedes de sus casinos favoritos. Un agente del mundo del espectáculo le vio perder 6 millones de dólares en tan solo seis horas de juego en el Bellagio. Al levantarse de la mesa, dejó otro millón como propina.

Al hacerse acompañar a los casinos por su círculo más cercano, hay numerosas historias apócrifas sobre estas propinas.

Cuentan que, una noche, Packer quedó francamente satisfecho por la diligencia y la simpatía de una camarera. Le preguntó: -”¿Mañana trabajas?”. -”Sí”-, le contestó ella. -”¿Tienes algún pago importante pendiente, una hipoteca, quizá?”. -”Sí, estoy empezando a pagar mi piso”, confirmó la camarera. -”Pues tráela mañana”, le solicitó, y se la canceló como propina.

Su mala salud le acompañó toda su vida. Un día, jugando al polo, le falló el corazón. Se cayó redondo del caballo, sin respiración y sin actividad cardiovascular. Una diligente actuación del equipo de la ambulancia que le trasladó al hospital permitió revivir a Packer tras seis minutos sin signos vitales. “Tengo buenas y malas noticias”, dijo a sus allegados. “No existe el infierno, pero tampoco vi que existiera un paraíso. Ahí no hay nada”.

Su médico personal le recalcó que la pronta y acertada actuación de los operarios de la ambulancia le había salvado la vida. Packer pidió que le consiguieran el contacto de todos y cada uno de los miembros del equipo médico de la ambulancia, y les regaló un millón de dólares por cabeza.

Las propinas de Packer eran un ingreso que para muchos empleados de casino equivalían a un sobresueldo equivalente a lo que ganaban al año. Que eligiera tu mesa era como si te hubiera tocado la lotería. Una vez, Packer solicitó que le abrieran una mesa en un casino. El encargado al que le asignaron la mesa no fue capaz de recordar o encontrar la combinación para abrirla. Ante la inminente posibilidad de que Packer se impacientara y se fuera, cogió un pesado cenicero y reventó la cerradura a golpes para el millonario.

Siempre es complicado cerrar una lista de anécdotas, sobre todo cuando son tan llamativas. Pero hay una casi perfecta. Estaba Packer en el Stratosphere jugando un torneo de poker cuando un millonario texano de su mesa se quiso hacer oir por encima de todos los presentes. Packer se dio por aludido y se encaró al texano, que presumía de dinero.
“Mi fortuna es de 60 millones de dólares”, se jactaba el petrolero. Hay versiones que dicen que la cifra era mayor, de 100 millones. Packer le preguntó, -“¿Y eres jugador? ¿Hasta qué punto?”-. La respuesta llegó fanfarrona: -“Soy un verdadero gambler”.

“¿Pues si tan gambler eres, que te parece si nos jugamos esos 60 millones en un flip?”. Con eso le calló la boca. A Packer, ni si quiera le gustaba el poker.

En la ciudad del juego por excelencia, cualquier reclamo se puede traducir en dinero. El más nimio detalle que te distinga de la competencia puede generar un valor añadido a un negocio.

El público busca una razón para decidirse entre una amplia oferta. Nunca se puede saber exactamente lo que acabará por despertar la curiosidad de los visitantes.

Esta circunstancia dificulta la respuesta a una pregunta que a priori resulta bastante directa: ¿Cuál es el casino más antiguo de Las Vegas?

El establecimiento de juego que se publicita como el más antiguo de la ciudad es el Golden Gate Hotel & Casino.

Este reclamo se basa en la asunción de que en su inauguración, que data de 1906, el por aquel entonces Hotel Nevada alojaba mesas de juego, que fueron desmanteladas en 1910 por la prohibición del juego en el estado.

Es indudable que el Golden Gate, desde su privilegiada situación en la esquina de Fremont y Main Street, es el hotel que lleva más tiempo de actividad en la ciudad. La duda recae sobre su actividad como casino.

Para los puristas, que un establecimiento permitiera el juego en su espacio no lo convierte en un casino. Esa distinción pertenece a los locales que hayan recibido una licencia de casino expedida por la Comisión de Juego de Nevada, reunida por primera vez en 1931 con motivo de la despenalización del juego en el estado.

La licencia más antigua que sigue en uso es la número 4, que se le concedió al casino Railroad Pass.

Este establecimiento abrió sus puertas el mismo año que recibió la licencia, y basó su negocio en atender las necesidades de esparcimiento de los trabajadores que levantaron la presa Hoover, convertida ahora en uno de los atractivos turísticos de las ciudades vecinas.

El Railroad Pass se levantó en Henderson, a solo 25 kilómetros del centro de Las Vegas. Los barrios periféricos de ambas ciudades se han fundido hace tiempo en un solo núcleo urbano, pero si la respuesta que buscamos se circunscribe exclusivamente a Las Vegas, hay que hallarla en otro lado.

El casino que lleva más años en funcionamiento en la ciudad es el Cortez, abierto en octubre de 1941, apenas un mes antes del ataque japonés a Pearl Harbor.

Lleva 79 años en funcionamiento, y cumple además con una peculiaridad que no se especifica en la pregunta, pero que en cierta manera legitima su candidatura. Su fachada no ha sufrido ninguna remodelación estructural desde 1952. Su aspecto de rancho mexicano sigue siendo uno de los rincones más distinguibles de la calle Fremont, y una imagen típica de la ciudad.

En principio, debido a la distribución urbana de la época, se consideró que estaba demasiado alejado del centro. No obstante, el público acogió con entusiasmo su propuesta, y en poco tiempo, su éxito hizo que alguno de los “empresarios” más inquietos de la ciudad pusieran sus ojos sobre él.

Los gangsters Bugsy Siegel y Meyer Lanski adquirieron el Cortez en 1945, como parte de la expansión de sus negocios en la Costa Oeste y mientras buscaban asociados que les introdujeran en el negocio en medio de la fiebre constructora que explotó tras la guerra.

Siegel utilizó la coacción para librarse de sus socios más respetables y quedó a cargo de la apertura del Flamingo en 1946, pocos meses después del Golden Nugget. Estos dos casinos, supervivientes de la primera gran expansión del Strip, son los siguientes en la lista de casinos más antiguos de Las Vegas.

El negocio de la hostelería es un sector en continua evolución. Poco tienen que ver las comodidades que ofrecen hoy en día estos viejos casinos cono los de la época de su construcción. Pero, ¿Quie´n se puede resistir a las historias de mafiosos y al encanto de alojarse en los casinos más antiguos de la ciudad del pecado?

Los dados son, sin ningún género de duda, el elemento más habitual en el juego que podemos encontrar fuera de los casinos.

Desde bien pequeños, nos acostumbramos a utilizarlos jugando a la oca o el parchís. Los juegos de mesa como el Monopoly o el Risk, los juegos de rol, los dados de poker,… El uso de los dados en el ocio cotidiano nos acompaña durante toda la adolescencia.

Alcanzada la edad adulta, sin embargo, cuando se nos abre la puerta al juego en su forma de industria del entretenimiento, solo se conoce una única aplicación universal para esta herramienta: los dados, “craps”, el pit que se muestra en innumerables películas y que no falta en ninguno de los grandes casinos del mundo.

Eso es lo que podría parecer, por lo que conocemos de los grandes casinos. Pero existe un antiguo juego de casino chino, ni de lejos tan conocido como los dados, que también utiliza los conocidos cubos de seis caras numerados con puntos y ha alcanzado expansión internacional. Se llama “sic bo”.

Es un juego de puro azar. Se tiran tres dados y se apuesta sobre los números que salen. Como en la ruleta, hay diferentes combinaciones que pagan diferentes odds.

Se puede jugar a “Big” (mayor que diez) o “Small” (menor que once), como si se jugara a rojo o negro en la ruleta, y una tirada ganadora tiene como resultado doblar el dinero apostado. Pero se pueden apostar otras varias docenas de combinaciones: resultados de la suma de los tres dados, qué dados aparecerán, dobles, y así hasta la apuesta de mayor dificultad y que más paga, que aparezca un triple en la mesa, tres unos o tres seises, por ejemplo.

Este juego parece haber sido muy popular en los inicios de Las Vegas como capital del juego de Estados Unidos. Era uno de los pasatiempos predilectos de la comunidad china del país, junto al “fantan”, y todos los casinos de la ciudad tenían mesas de “sic bo”.

Con el tiempo su popularidad fue declinando, hasta desaparecer por completo en los años 70. Los empresarios de Las Vegas siempre andan buscando nuevas áreas de mercado, y Sheldon Adelson rescató una mesa de “sic bo” para el Palazzo, que en la actualidad es la única -que tengamos noticia- que se puede encontrar en el Strip.

Macau, la heredera oriental de Las Vegas, tiene una mayor variedad de oferta de “sic bo”. Existe una variedad casi endémica del ex-protectorado portugués llamada “Yee-Hah-Hi”, que sustituye los puntos del dado por símbolos que representan diversas figuras y animales (Yee-Hah-Hi significa pescado-gamba-cangrejo, que son tres de los símbolos que aparecen en los dados).

Estos símbolos son de tres diferentes colores, lo que abre la posibilidad de nuevas apuestas según las diferentes combinaciones de los mismos.

La historia más conocida sobre el “sic bo” es la de un costoso error que cometió el Grand Casino de Biloxi, que en 1994 calculó mal el edge de una de las combinaciones ofrecidas para apostar.

Un autor especializado en blackjack alertó de ello a sus suscriptores a través de una lista de correo. Tres dados generan 216 posibles combinaciones. Solo tres de ellas generan un resultado equivalente a 4, como sucede con el 17, pues requieren que salgan dos unos o dos seises, respectivamente. La estadística arroja unas posibilidades de 72:1 de que se dé un 4. En el Grand Casino de Biloxi pagaban 80:1.

La noticia se extendió entre los jugadores profesionales de blackjack, que viajaron con su banca a Mississipi en tren, avión y barco para abarrotar el local.

La apuesta máxima en la mesa era de 100$. La estrategia se escribe sola. Apostando la misma cantidad al 4 y al 17 deberías lograr un acierto cada 36 partidas. Apostando el máximo, 200$, con una inversión de 7.200$ recibías un pago de 8.000$. En la mesa, alcanzar ese número de tiradas rondaba la media hora.

Los casilleros de esas apuestas se saturaron de fichas. Cada vez que salía un número ganador, el croupier debía detener el juego y emplear un cuarto de hora en pagar las apuestas ganadoras. En un momento dado de máxima concentración de jugadores, cada 4 o cada 17 hacía que la banca tuviera que repartir 50.000$ en fichas entre los presentes.

Ocurrió un 26 de octubre de 1994. La mesa no se cerró hasta las 3 de la mañana, con fuertes pérdidas para la casa, que se estiman en 180.000$ según una presunta fuente interna del casino. El cierre de la mesa originó una enorme cola. Primero para los baños, luego para el restaurante, y finalmente para el cajero.

Al día siguiente, a la hora de la apertura, había cola ante la mesa de “sic bo”. Responsables del casino llevaron a cabo una meticulosa revisión del cubículo de los dados. El crupier fue llamado a la mesa a las 11:00 a.m.y se abrió el fichero. La idea de abrir la mesa revoloteó un par de minutos por la mente de los responsables, pero finalmente optaron por dejarla cerrada. Los jugadores esperaron hasta la una de la tarde, hasta que vieron a uno de los ejecutivos del casino con una copia de la famosa carta en la mano.

El Grand Casino mantuvo la mesa de sic bo cerrada un par de días, y para su reapertura, el 4 y el 17 pagaban tan solo 60 veces el valor de la apuesta.